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Director: Joseph L. Mankiewicz

Intérpretes: Elizabeth Taylor, Richard Burton, Rex Harrison, Pamela Brown, George Cole, Martin Landau, Francesca Annis

Año: 1963

Temas: Ambición. Estrategias emergentes y deliberadas. Ética y técnica. Grandeza y miseria de los directivos. Necesidad de redención. Refugio afectivo. Rivalidad directiva. Sentido de la realidad.

Julio César venció a Pompeyo en la batalla de Farsalia, en el 48 a.dC. Salió el derrotado huyendo de la quema. Se dirigió hacia la costa del Egeo, intentando hacer perder la pista a los cazarecompensas, figura que no fue inventada en el Oeste americano. Tras fletar un barco, navegó hasta Mitilene, para recoger a su esposa Cornelia. El destino final era Egipto. Pensaba allí rearmarse para continuar la guerra civil que venía manteniendo con César desde el regreso de éste tras sus triunfos en la Galia. Todos estos temas los he abordado con mucho más detalle en mi Roma, Escuela de Directivos (LID Editorial).

Resulta en la práctica imposible, que –con expresión popular- habiten dos gallos en la misma granja, para las mismas gallinas. De ahí que raramente funcionan las organizaciones en que dos directivos pretenden ser los primeros, porque para número uno, sólo hay un sillón. Bien lo explicaba Francisco I: Carlos V y yo estamos plenamente de acuerdo: los dos queremos París.

Lo mismo podría haber afirmado Pompeyo. El caso está en que cuando llegó a aquel rincón del Imperio, algo semejante sucedía, pues Ptolomeo XII Auletes, que contaba entonces con sólo 12 años, andaba enfrentado con su hermana y también esposa: Cleopatra VII.

Potino, asesor y coach del rey-muchacho, pensó que el asesinato de Pompeyo agradaría a César. Nada más lejos de la realidad pues aunque fuesen competidores, César no deseaba la muerte de quien había sido marido de su hija, además de antiguo colaborador en el triunvirato.

La ceguera directiva está continuamente presente en el largometraje. Grandes eran indudablemente los atractivos de la egipcia pues aunque seducir a Julio César no debió ser excesivamente complicado (era muy enamoradizo el romano), hacerlo inmediatamente después con Marco Antonio (tan diverso en formas y en fondo del primero) demuestra capacidades poco comunes.

Bien está que un directivo tenga refugio afectivo. Sin embargo, esa necesidad no debería convertirse en excusa para un despotismo que vaya contra toda justicia. Buena enseñanza la de procurar no mezclar afectos personales y proyectos organizativos. Algunas veces puede ir bien, pero en muchas ocasiones sólo conduce a interferencias que podrían evitarse.

La figura de César Octavio Augusto, el sobrino adoptado por Julio César como su sucesor, queda en mal lugar. Pareciera que el guionista tenía algo personal contra el opositor de Marco Antonio. Es poco creíble ese personaje que –como he mostrado en otros escritos- luego llevaría a Roma a uno de los mejores periodos de su larga historia.

Julio César, a pesar de que la interpretación sea mejorable, aparece como un estratega, capaz de preparar las siguientes jugadas como un estupendo experto del ajedrez. Las estrategias deliberadas las supo combinar de extraordinaria manera con las situaciones emergentes. Sabe preparar su salida de Alejandría, a pesar, por poner un solo ejemplo, de las dificultades en que se vio al ser asediado.

La importancia de los símbolos es puesta de manifiesto a lo largo de la película. Este hecho es relevante. Una bandera no es un trozo de trapo de mejor o peor calidad, es el símbolo de toda una nación. De igual manera, el respeto debido a un dirigente no lo es sencillamente por su persona, sino por los intangibles y tangibles que representa. Bien claro parece tener este tema Cleopatra.

Fue César un conjunto de contradicciones. De un lado, en sus campañas galas no dudó en dar muerte a cientos de miles de galos, y de esclavizar a casi un millón. Por otro, parece capaz de asimilar lo mejor de otras civilizaciones, siendo un ejemplo ante litteram de lo que luego ha venido a denominarse la gestión de la diversidad.

La cohorte de aduladores de la que se rodeó, o que permitió que se le adhirieran, coadyuvó a la pérdida del sentido de la realidad. Este mal –considerarse por encima de todos y de todo- es frecuente en la Alta Dirección. Aunque, para los más mediocres, ni siquiera hace falta alcanzar grandes escabeles para padecer lo que he venido a denominar en otros lugares ‘el mal de altura del gobierno’. Con un poco más de sentido común, César hubiera podido desarrollar las políticas de economía sostenible que tenía diseñadas para su pueblo. Le perdió la vanagloria.

Cleopatra queda configurada como una maniobrera dispuesta a cualquier cosa para mantener el puesto. Una verdadera superviviente, que sólo cuando se encuentra entre la espada y la pared –Octavio quiere lucirla como prisionera en su triunfo en el Foro romano-, decide actuar con la paradójica dignidad del suicidio.

Razonablemente respetuosa de la verdad histórica, se trata, en cualquier caso, de una de esas películas que es preciso ver algunas veces en la vida.

El largometraje, por lo demás, ha pasado a la fama por llevar casi a la quiebra a la productora 20th Century Fox. Nació el proyecto con un presupuesto de dos millones de dólares, y acabó por costar cuarenta y cuatro (casi trescientos millones actuales).

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