La salud suele contribuir a la felicidad. Sin embargo, hay sanos profundamente amargados, y enfermos que viven con una gran felicidad. Esto segundo exige mayor profundidad vital, que pasa casi siempre por contar con mayor formación en los aspectos esenciales de la existencia: fundamentalmente sobre el sentido de la propia vida y la contemplación del mundo por venir.
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