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Quien padece la lamentable patología de los celos desearía matar el bien ajeno. Sólo sabe recrearse en las desgracias de los demás. Como a los otros no todo les sale mal, se reconcome en el lodo de su pequeñez. Cuando descubre una desgracia de otro, por pequeña que sea, su gozo está en darla a conocer a todos los que quieran oírla, si es posible –casi siempre lo es- desfigurándola y engrandeciéndola. Su especialidad es muchas veces el descubrimiento de malas intenciones.

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