Título: In the loop.
Director: Armando Iannucci
Intérpretes: Peter Capaldi, Tom Hollander, Gina McKee, James Gandolfini, Steve Coogan, Chris Addison
Año: 2009
Temas: Administración pública y trabajo. Ambición y estupidez. Comunicación interna. Ilusiones y esperanzas. Mediocridad y política. Sentido de la realidad. Vivir de los demás.
Situada en un periodo histórico indeterminado, pero que bien podría ser señalado como los meses que precedieron a la invasión de Irak por las tropas estadounidenses y británicas, este largometraje se encuentra sembrado de ironías. El director ha decidido hacer burla en profundidad de la clase política. Y lo ha logrado.
Simon Foster (Tom Hollander) es el Secretario de Estado Británico para el Desarrollo Internacional. Desafortunadamente para los ciudadanos de a pie de muchos países, resulta un personaje excesivamente verosímil. Fuera del ámbito político, nadie le habría contratado para un puesto de alta responsabilidad. Bueno, tampoco de baja… Su estupidez es tan supina que apenas es consciente de lo que está jugándose a su alrededor. Lo único que le preocupa es la imagen que puedan tener los demás de sus acciones. Ésta sólo puede oscilar entre la conmiseración por su sandez, el lamento porque el dinero de los impuestos se gaste en personas de ese tipo y el terror de preguntarse a dónde pueden llevar un país hombres con esa nula preparación.
El sarcasmo que permea la película es ácido. El largometraje quiere dejar claro que, para determinados políticos, no importa tanto lo que se decida, ni los miles o millones de seres humanos que se pueden ver afectados, sino más bien el haber estado presente en el lugar donde aquello se resolvió. Recuerdan la mentalidad de quienes viajan no por placer o por mejorar su preparación, sino sencillamente para poder contar luego que hicieron turismo o que estuvieron en tal o en cual lugar. Podría replicarse aquí que más vale tener algo que decir que poder decirlo en muchos idiomas.
La inconsistencia de los personajes es dramática. Tanto la del bobalicón responsable de Desarrollo Internacional británico como la del resto de políticos y asesores que van sucediéndose a lo largo de la creíble historia narrada. Malconlm (Peter Capaldi) es el director de comunicación del Gobierno. Trata de encauzar a su modo las gansadas del otro, pero sólo a costa de mostrar que tampoco él sabe hacia dónde se dirige. Su preocupación es por cuestiones meramente superficiales.
El ritmo es vibrante. Sólo hay un problema: nadie sabe en realidad hacia dónde marchan. Como ya dijera el clásico griego, y Shakespeare repitiera: para quien no sabe dónde va, no hay buen viento ni mal viento. El rodaje apoya, mediante la simulación de documental, la velocidad imparable de los sucesos. A decir verdad, tras un inicio acertado, y a pesar de que muchos de los comentarios no tienen desperdicio, el director debería haber tenido un poco más de equilibrio en la narración para no desanimar a los espectadores. Bien puede seguirse la historia, pero a costa de una atención continua y de ligar muchos hechos que se encuentran en las hemerotecas.
Las bromas sobre el informe con el que quedó avalada la existencia de armas de destrucción masiva resultan sobrecogedoras. Y también resulta turbador que las decisiones que afectan a millones de personas puedan ser tomadas con la superficialidad frívola que la película plantea continuamente.
La permanente confusión entre lo relevante y lo meramente epidérmico envuelve las decisiones de los protagonistas. No conocen –desafortunadamente muchos políticos carecen de una elemental preparación en gobierno de personas y organizaciones- uno de esos principios elementales y que tienen carácter absoluto: para quien todo es esencial, al final todo es accidental. No distinguir entre fondo y forma, entre lo relevante y lo que podría ser de muchos modos es una manifestación de mediocridad.
La preocupación de Simon Foster (que en algunos pasajes daría la impresión de desear tener algo de Blair) se reparte entre temas tan importantes como la invasión de un país y la valla de un vecino de su circunscripción que puede dañar a su madre (la del vecino). La confusión de planos, y la atención dedicada a uno y otro tema resultan patéticos.
Entre los comentarios, empapados de humor inglés, se encuentran perlas como ésta:
-Es intolerable, pero… tendré que tolerarlo.
Los militares no quedan mucho mejor parados en esta crítica rotunda, sin medias tintas, a una clase que en algunas obras ha sido calificada como casta parasitaria. Es una pena que todo se quede en acerada diatriba y que no se aporte algo de luz al final del túnel.
Mucha gente considera en multitud de países que quienes dirigen no tienen la solidez que deberían. En vez de limitarse a la denuncia y al lamento, deberían ponerse medios para que quienes lleguen a gobernar hayan pasado un mínimo filtro de preparación intelectual y técnica, como sucede en la práctica (salvo periódicas excepciones) para cualquier entidad mercantil o financiera.
El propio Foster lo confiesa de múltiples maneras. A veces muy explícitamente:
–Yo no tengo pensamientos, asegura.
No tendrá que esforzarse demasiado en probarlo. En secuencias sucesivas comienza razonamientos lógicos que no dejan de ser anécdotas escuchadas, pero no comprendidas ni asimiladas. Por ejemplo, cuando señala que en el Titánic había espacio para mucha más gente en las basas salvavidas, pero quienes ya estaban en ellas no quisieron ceder espacios. Sin explicitarlo, bien podría ser una explicación de la situación política de la Gran Bretaña en la que se encuadra la película. La única diferencia sería que los bobalicones no quieren abandonar sus puestos en pro de profesionales más solventes que sabrían qué hacer.
El propio director ha asegurado en una entrevista, explicando su gusto por la iniciativa no necesariamente encauzada de los actores, que bien clara queda a lo largo del metraje:
-Una de las razones por las que trabajamos con este tipo de improvisación es porque la historia habla de personas que hacen cosas sobre la marcha.
Ojalá, cabe afirmar, las verdaderas decisiones no se tomen como son aquí descritas por este genio de la socarronería que, tras numerosos premios en el sector de la crítica política, acaba de estrenarse con este largometraje.
Se ha dicho en alguna crítica, y coincido con ello que In the Loop es una comedia inteligente, pero quizás demasiado. Tal vez incluso se pudiera decir mejor que la mordacidad–resultando de interés para cualquier politólogo-, con un poco de mesura, hubiera mejorado el resultado.