
Título: Up in the air
Director: Jason Reitman
Intérpretes: George Clooney, Vera Farmiga, Anna Kendrick, Jason Bateman, Tamala Jones, J. Simmons, Danny McBride, Chris Lowell
Año: 2009
Temas: Ambición. Estrategias emergentes y deliberadas. Ética y técnica. Grandeza y miseria de los directivos. Necesidad de redención. Refugio afectivo. Sentido de la realidad. Trabajo y desempleo.
Ryan Bingham (George Clooney) puede resultar para algunos un personaje de ficción. Dedica su existencia a viajar por EE.UU. para encargarse de la tarea de despedir. Desafortunadamente, es un tipo de profesional que existe. He conocido personalmente a varios. La única diferencia es que a quienes yo he tratado se movían de país a país, dentro de la misma multinacional con el objetivo de ir reduciendo plantilla para luego desvanecerse y repetir su acción en otro Continente.
La inhumanidad del protagonista es evidente: su máxima preocupación no es la gente a la que va a condenar al ostracismo, sino si él va a alcanzar los puntos, o las millas, a las que aspira en los diversos programas de fidelización. De su egocentrismo todo habla. Como es lógico, una persona (si es que puede recibir este nombre tan sublime) de este tipo no puede tener una vida estable.
Su falta de humanidad sólo es superada por una experta en productividad que considera que es posible llevar a cabo los despidos con más eficiencia. A saber, a través de un programa de videoconferencias que evitaría gastar en desplazamientos. Su defensa del nuevo sistema de despidos sería digna de mejores causas.
La ruptura del cómodo y viajero estatus de Ryan está a punto de producirse. Él insiste en defender su modo de hacer las cosas. En el fondo, su objetivo ya fue descrito por el mayor pensador occidental del siglo IV: muchos viajan de un lugar a otro con tal de no emprender nunca el traslado hacia el interior de sí mismos. Han cambiado, como en todo, los matices, pero las cuestiones de fondo siguen siendo las mismas a través de las generaciones.
La carencia de empatía es absoluta. La organización está por encima de las personas. Y, como suele suceder cuando las relaciones persona-organización se plantean en estos términos, en realidad quien está por encima son algunos que se protegen en el grupo para mantener el posicionamiento alcanzado. A nivel empresarial, y también político, se contemplan patéticos personajes que estarían dispuestos a inmolar a muchos para no perder su pedestal. Y no hay que retrotraerse a Mao, Hitler o Castro; hoy en día sigue habiendo muchos que aplican el mismo comportamiento, también en organizaciones con marca en el mercado.
La falta de equilibrio de Ryan y de su ahora ayudante es incuestionable. Ninguno de los dos cuenta con un refugio afectivo. Y es que para tener alguien que nos quiera y alguien a quien querer es preciso renuncia, sacrificio, esfuerzo por mantener la convivencia… Estos conceptos carecen de sentido teórico y práctico para cualquiera que haya puesto su ‘yo’ por encima de toda consideración.
La carencia de generosidad imposibilita el compromiso. Curiosamente, Ryan es puesto ante sus propios fantasmas cuando el novio de la hermana pretende renunciar, en el último momento, a la boda en ciernes. Tener que animar al compromiso cuando él se pasa la vida huyendo de él es una lección de hipocresía, pero también de que hay verdades que todo el mundo lleva de algún modo dentro.
Los despidos se suceden. Lo relevante es quitarse de en medio a la gente y proseguir con su locura. El instrumento es una carpeta en la que –supuestamente- se encontrarán medios para ir hacia adelante. Pero todo, tanto la conversación como el texto, no es sino la repetición estereotipada de una vacua fraseología. Las personas han pasado a ser medios, los objetivos económicos son lo único relevante en esta carrera hacia ninguna parte.
Que la falsedad ha hecho cuerpo con este peculiar ejecutivo se manifiesta en las sucesivas aventuras que mantiene Ryan con otra directiva a la que conoce por casualidad en uno de los innumerables y lujosos bares de hotel por los que va transcurriendo su vacío devenir. Todo consiste en un desfogue sexual en el que de amor no hay nada.
En un momento de sensatez, Ryan considera que de aquello podría surgir una relación estable. Intuye la existencia de un amor que vaya más allá del mero revolcón puntual. Abandona lo que tiene entre manos para buscar a quien él considera que puede ser una compañera estable. Al llegar a su casa, descubre que –como era previsible- en el mundo de lo efímero nada es lo que parece. En realidad, aquella aparentemente liberada fémina es madre de familia. Para ella, una cosa es la vida real y otra una puntual sucesión de meneos en un hotel de lujo.
Solo en medio de la muchedumbre, quien piensa que todo lo tiene, descubre que la meta a la que aspiraba en forma de tarjeta de diez millones de millas no llena. Y es que, por alto que uno vuele, o por muchos que sean los millones acumulados, todo el mundo acaba necesitando alguien con quien compartir su existencia. Y una tarjeta de puntos no deja de ser un idolillo tan fútil como un hotel de cinco estrellas gran lujo, si no se está con quien se debe. La enseñanza es clara: nunca es ‘algo’ lo que llena al ser humano. Lo único que puede llenarnos es necesariamente ‘alguien’.