Nadie puede resolver todos los problemas de la Humanidad. Sin embargo, todos podemos allanar alguno de los obstáculos de las personas con quienes convivimos o con quienes trabajamos. Eso les facilita el avance hacia la felicidad. Y a nosotros también.
Dos son los motivos. El primero ya ha sido apuntado: nuestra felicidad está en no empeñarnos en ser felices, sino en aspirar a que los demás lo sean.
El segundo es que esos pequeños detalles, que sí están a nuestro alcance resolver, son los que componen fundamentalmente la felicidad de los demás: una llamada telefónica bien atendida, una puerta cerrada sin portazo, un enchufe arreglado, un programa de ordenador que enseñamos a manejar… Ayudar a otros en pequeños detalles es casi siempre lo más importante.