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Título: Austerlitz

Director: Abel Gance

Intérpretes: Pierre Mondy, Rossano Brazzi, Claudia Cardinale, Martine Carol, Leslie Caron, Vittorio De Sica, Anna-Maria Ferrero, Ettore Manni, Jean Marais, Georges Marchal, Jean Mercure, Anna Moffo, Jack Palance, Elvire Popesco, Daniela Rocca, Michel Simon, Orson Welles.

Año: 1960

Temas: Ambición. Estrategias emergentes y deliberadas. Ética y técnica. Factor suerte. Grandeza y miseria de los directivos. Influencia del entorno. Orgullo directivo. Paranoias directivas. Will Management.

 

El 2 de diciembre de 1805, a poco más de cinco kilómetros de la ciudad de Brno (actual República Checa), se desarrolló una de las principales batallas de la era napoleónica. Tropas francesas comandadas por el corso hicieron frente a rusos y austriacos. En nuevo horas, los galos arrasaron al ejército austrohúngaro, lamentablemente dirigido por el zar Alejandro I.

Esta batalla supuso la conclusión de la Tercera Coalición, pues el día 26 del mismo mes, Francia y Austria firmaban el tratado de Presburgo, que daba por concluida la guerra a la vez que consolidaba acuerdos anteriores, como el de Campo Formio y el de Lunéville.

La paz, sin embargo, no duraría mucho, pues en 1806 se pondría en marcha la Cuarta Coalición. El principal responsable de ese nuevo envite fue Prusia, razonablemente preocupada por la influencia que los franceses habían alcanzado en el Continente.

Fue Napoleón un notable estratega. Wellington afirmaba del corso que valía por cuarenta mil soldados. Sin embargo, muchas de sus glorias quedaban anuladas por el profundo orgullo que albergaba. Solía afirmar Napoleón: “No he aprendido nada que no supiera desde el principio”. O también: “nadie ha concebido nada grande en nuestro siglo, ha recaído sobre mí el hacerlo”. Ese tipo de afirmaciones, que suponían un patente menosprecio a sus colaboradores, le alejaba de cualquier posibilidad de crear equipo. En esa situación, cualquier enfermedad –como las famosas hemorroides que padeció en Waterloo- dejaban al ejército en una situación de indefensión, pues su aplicación del gobierno tipo embudo era inapelable.

Su capacidad de motivación con respecto a los subordinados era grande. También, porque a pesar de no ser un brillante orador, sabía tocar la fibra sensible de sus soldados. He aquí el texto literal de una de sus arengas: “¡Soldados! Habéis logrado seis victorias en quince días, os habéis apropiado de veintiuna banderas, cincuenta y cinco cañones, varias plazas fuertes, y habéis conquistado la parte más rica del Piamonte. Desprovistos de todo, habéis sabido reparar vuestra carencia: habéis ganado algunas batallas sin cañones, atravesado ríos sin puente, avanzado a marchas forzadas sin calzado, vivaqueado sin aguardiente y a menudo sin pan. Las falanges republicanas, los soldados de la libertad, eran los únicos capaces de sufrir lo que vosotros habéis sufrido. ¡Gracias a todos, soldados! Pero, soldados, no habéis hecho nada todavía, pues queda aún mucho por hacer”.

Muchos oficiales de alto rango, a duras penas aguantaban al presuntuoso. Así, Massena afirmó en ocasiones: “ese tiranuelo de general cree que nos abruma con su mirada y nos atemoriza”

Consciente de que precisaba mantener a su gente en apretadas filas, ya que el concepto de libertad, de confianza o de empowerment no entraba en su diccionario, hablaba así al responsable de la policía, Fouché: “le insisto una vez más en que reprima con vigor al primero que, sea quien sea, rompa la formación. Es la voluntad de toda la nación”.

La película, de calidad inferior a lo deseable, va mostrando las reacciones del Emperador, entremezclando sus capacidades con sus obvias limitaciones. Quizá las habilidades que mejor describe sean: capacidad de negociar (desde la fuerza), cercanía a la gente, instrumentación eficaz de la comunicación, disposición para el trabajo y para un esfuerzo sin límite, optimismo confiado en sus propias experiencias…

Obsesionado por la comunicación y, sobre todo, por su glorificación, solía afirmar: “todo pasa rápidamente sobre la tierra salvo la opinión que dejamos impresa en la historia”. Por ese motivo, y de forma compulsiva ordenaba tomar nota de cada disposición. Tan seguro estaba de que los estudiosos de los siglos sucesivos se interesarían por sus decisiones.

Llegó a afirmar que había pensado en la ubicación de la batalla desde tiempo atrás. La preparación de todo era, para él, esencial. Así lo comentaría a Méneval: “en la guerra, todo se consigue por el cálculo. Todo lo que no sea profundamente estudiado con todo detalle no tiene ningún resultado. Después están las circunstancias imprevisibles que hacen fracasar los buenos planes de batalla y que triunfen a veces los malos”. Tiempo antes de la batalla, repitió a su estado mayor: “Caballeros, examinen éste territorio con cuidado, será un campo de batalla, y ustedes jugarán un papel en él”.

Entre sus estrategias para este combate se contaba hacer creer que sus tropas se encontraban en un estado de debilidad y que aspiraba a poder firmar la paz. En realidad, estaba tentando a los Aliados para que le atacaran. Entre sus tácticas más celebres se contó debilitar su flanco derecho. El Zar, menos experto, y a pesar del consejo de asesores sensatos, se dejó engañar. Murieron nueve mil soldados franceses frente a más de quince mil austriacos y rusos. Poco le importó esto a Napoleón, quien, al ser informado sobre las bajas, comentó:

   – Eso lo arregla París en una noche.

Su preocupación por el individuo nunca fue su fuerte…

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