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Director: Mimi Leder 

Intérpretes: Kevin Spacey, Helen Hunt, Haley Joel Osment, Jay Mohr, James Caviezel (AKA Jim Caviezel), Jon Bon Jovi, Angie Dickinson

Año: 2000

Temas: Cambiar el mundo. Maniqueísmo. Mundo y micromundos. Organizaciones y personas. Refugio afectivo. Sentido común.

 

Un profesor (Kevin Spacey) con una historia complicada –fue achicharrado por su progenitor después de haber sido rociado con gasolina- se incorpora como docente en ciencias sociales a un nuevo colegio. Con cierto cinismo, reta a los alumnos a considerar qué podrían hacer para transformar el mundo. Algunos reaccionan con recelo. Otros, por el contrario, se ponen a pensar. La juventud, cuando es bien formada, suele aportar propuestas. Orientadas adecuadamente, son energías utilísimas. Por el contrario, los adolescentes adocenados, sin ubicación intelectual y de valores, se parecen a una manada.

 

Uno de los muchachos propone poner en marcha una cadena de favores. Cada uno debería ayudar a tres personas. A cambio, los tres beneficiarios habrían de echar una mano a otros tres. Con esa iniciativa, piensa el crío (Haley Joel Osment), será posible llevar adelante una transformación.

 

Las grandes ideas desde el punto de vista teórico suelen tropezar con obstáculos. Desanimarse sería señal de ingenuidad. El contraste con las dificultades debe servir para reformular los aspectos menos eficientes. Enrocarse  considerando que nada de la iniciativa inicial ha de ser modificado, es señal de orgullo y también de estupidez.

 

Transfigurar el mundo resulta quizá imposible. Sin embargo, sí es hacedero transformar micromundos. El promotor de la iniciativa lo va descubriendo. Frente a su idealismo originario, pronto se da cuenta de que será más acertado marcarse metas menos ambiciosas, pero más realistas.

 

A pesar de que alguno de los favores que ha realizado queda en agua de borrajas, otros van mejorando situaciones ulteriores que inicialmente no se habían siquiera imaginado.

 

El planteamiento que ronda la película es optimista e impregnado de realismo. Es preciso marcarse objetivos altos, a la vez que no debe olvidarse que esas cimas no siempre serán hacederas por buena voluntad y diseño que haya.

 

El plan originario queda empañado por esa carga de pragmatismo que tiene buena parte de la producción de Hollywood. Tras las altísimas aspiraciones de mejorar el mundo, y en vista de que eso no es tan fácil como parecía, el promotor de la idea se empeña en arreglar la vida afectiva y sexual de su madre (Helen Hunt). Nadie mejor para ello, piensa el chiquillo, que el propio profesor que esbozó el desafío…

 

Se pierde entonces el largometraje en la limitada labor de alcahuete que comienza a ejercer la criatura. Mezclada, eso sí, con el anhelo de que el marido real, un personaje violento e irracional, torne a la casa. Si encuentra a otro ocupando su lugar, probablemente abandone el terreno.

 

Paralelamente, el niño se da cuenta de que su ayuda a los demás no será sin riesgo. Su mejor amigo en el colegio es atacado por un grupo de vándalos (hoy en día se les denominaría con el edulcorado calificativo de ‘violentos’). En una primera ocasión él ha reculado y abandonado al camarada. Es consciente de que de comportarse así, su incoherencia se tornará esquizofrenia. Por eso, en una segunda oportunidad sale a dar la cara por el colega.

 

Desafortunadamente, y quizá para tornar más realista la película, uno de los pandilleros le apuñala. Y muere el chiquillo. Aunque en la carátula se diga que ‘hay favores que no se pagan’, la realidad parece contradecir ese principio: todo se cobra un precio.

 

Dentro de la visión racista norteamericana, los delincuentes juveniles son de origen caribeño, probablemente portorriqueños. ¡Cómo si no hubiese malhechores blancos y anglosajones!

 

El bosquejo de la película resulta atractivo. ¡Cuántos cambios pueden ser generados si cada uno saca lo mejor de sí mismo! Lástima, en esta ocasión, que un largometraje que podría haber hecho historia, quede convertido desde el punto de vista narrativo en algo de pocos vuelos.

 

En cualquier caso, merece la pena disfrutar no sólo de la buena idea generada, sino también compartir la sana ilusión de que hay muchas cosas que pueden ser sanamente trasmutadas. Tan malo es el maniqueísmo como el cinismo: considerar que no merece la pena esforzarse por nada, porque todo seguirá como estaba antes.

 

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Mediante la lectura descubrimos mundos que no habrían estado a nuestro alcance de ningún otro modo

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