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Director: Doag Liman

Intérpretes: Naomi Watts (Valerie Plame), Sean Penn (Joseph Wilson), Sam Shepard (Sam Plame), Ty Burrell (Fred), Brooke Smith (Diana), Noah Emmerich (Bill), Bruce McGill (Jim Pavitt), Michael Kelly (Jack), David Andrews (Scooter Libby).

Año: 2010

Temas: Ambición. Dirección por amenazas. Ética y técnica. Influencia del entorno. Organizaciones y personas. Paranoias. Pensamiento grupal. Política y decencia. Refugio afectivo.

 

Inspirada en hechos reales, Caza a la espía se encuadra en la categoría de largometrajes con argumento político. Todavía hoy, la revancha de los demócratas con los republicanos sigue coleando por la decisión que adoptó George Bush de invadir Irak.

Al igual que en toda macrohistoria, en ésta también se acumulan microhistorias. Muchas veces las organizaciones, particularmente en tiempos de crisis, olvidan que detrás de papeles e informes hay individuos de carne y hueso. Tomar decisiones sin considerar esa realidad daña tanto a las organizaciones como a quienes las dirigen.

Alegar el supuesto bien de una estructura nunca justifica el daño directamente infligido a un ser humano. Menos aún, como en el caso de la política y de las organizaciones de servicios, se asegura que han sido creadas para servir tanto a la colectividad como sobre todo a las personas concretas. Particularmente abominable es el comportamiento aquí descrito cuando la palabra ética no se cae de la boca de quienes luego se comportan como desalmados.

Valerie Plame pertenece la CIA. Se trata de una agente de medio nivel implicada en el estudio y prevención de la proliferación de armas. Su trabajo, como en tantas otras organizaciones, reclama de discreción. Y también como en múltiples ocasiones sucede hay que echar mano de personas cercanas para resolver cuestiones que van presentándose. En el caso que nos ocupa, es Joe Wilson, su marido, a quien le encargan que se esfuerce por saber si es cierto que está procediéndose a la venta de uranio enriquecido procedente de Nigeria.

Tras un complicado proceso, y de tocar muchas teclas y contactos, presenta su informe, las conclusiones son incontrovertibles: no hay nada de nada. Acaece, sin embargo, que la realidad no es siempre conveniente para quienes pilotan y, prefieren anteponer sus intereses a la verdad. ¡Cuántas veces se repite esta insana reacción!

Cuando estalla la guerra, el profesional se siente ninguneado. Las estructuras del poder ya han decidido sus políticas, y quienes no comulgan con ellas son simplemente obstáculos de supuestos fines superiores… Adoptando la postura de David, el ofendido diplomático opta por enfrentarse a Goliat. Lo hace implicando a los Medios de Comunicación, comenzando por un artículo en el New York Times.

Al igual que las manadas de bisontes, cuando las organizaciones se sienten amenazadas responden con virulencia extrema. En el caso que nos ocupa, la administración replica desvelando la identidad de la espía. El daño es brutal no sólo para ella, sino para su entorno y también para quienes han confiado en ella.

Todo su esfuerzo acumulado por servir a la organización, en este caso, Estados Unidos, se torna baldío. Quienes hasta ese momento la alababan de forma incontestable comienzan a abandonarla. El temor se extiende, poniendo una vez más de manifiesto que la cobardía no es propia sólo de los individuos, sino también de los colectivos. No se entenderían de otro modo situaciones como las aquí narradas, tan similares en fondo y forma a las de otras instituciones contemporáneas y pasadas. Cuando hay un caído, el grupo lo abandona de forma inmediata. En el caso de los búfalos puede ser una reacción instintiva, en el de las personas resulta lamentable e inmoral.

Las enseñanzas brotan de forma espontánea. La primera de ellas es que al igual que existe la ingratitud personal, también existe la colectiva. La ceguera no es una patología propia solamente de individuos, sino también de corporaciones. El precio que habrá que pagar después será la de falta de compromiso. Pero eso poco importa a quienes en un momento específico pilotan.

Las organizaciones tienden a utilizar fusibles. En este caso, es Valerie quien ve quebrar su existencia. Ella es el chivo expiatorio de quienes, si tuviesen decencia, deberían reconocer que han cometido lamentables errores. Sin embargo, a eso sólo se atreven los valiosos, no los mediocres inapropiadamente ascendidos.

La verdadera gestión del compromiso no puede fundamentarse en el desprecio de las personas cuando las organizaciones se enredan en objetivos parciales, ninguneando a determinados grupos de interés en beneficio de otros.

El resentimiento que lleva a atacar a la agente es un perverso motor que ponen en marcha determinadas colectividades para tratar de esconder las propias carencias. En este caso, como en otros, puede aplicarse aquella afirmación, sólo en apariencia enigmática, con la que Montesquieu describió el gobierno de Tiberio: “para conservar las leyes destruyó las costumbres”. Dicho de otro modo: las organizaciones que se empeñan en defender principios –reglamentos, leyes…- éticamente indefendibles acaban por destruir los mismos fundamentos de sí mismas, porque la aniquilación de costumbres a la que el pensador ilustrado hacía referencia es la ética.  

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