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Título: El americano impasible

Director: Phillip Noyce

Intérpretes: Michael Caine, Brendan Fraser, Do Thi Hai Yen, Rade Serbedzija, Quang Hai, Holmes Osborne, Tzi Ma, Robert Stanton

Año: 2001

Temas: Ambición excesiva. Cinismo y experiencia. Ética y técnica. Mediocridad y envidia. Necesidad de redención. Realidad y ficción. Refugio afectivo. Sentido de la realidad.

Un periodista británico (Michael Caine) trabaja como corresponsal en Vietnam. La guerra con los franceses está en pleno apogeo. El reportero ha tenido tiempo para enamorarse de una joven vietnamita, de nombre Pho.

El corresponsal, de edad madura, acabó mal con su esposa. Ésta, católica, le niega el divorcio. La situación resulta complicada, pues de ese modo no puede unirse legalmente a su nueva pareja asiática.

La relativamente tranquila vida se ve alterada por un telegrama del periódico que paga los sueldos. En vista de la escasa productividad, han decidido devolverle a casa. Toda persona necesita ser estimulada, sea por un galardón sea por una penalización. La amenaza surge su efecto y el cronista se pone manos a la obra. Una de las peores políticas en cualquier organización es ni premiar ni castigar.

El artículo, logrado mediante esfuerzo y riesgo, le permite dar continuidad a su presencia en Vietnam. En paralelo, vuelve a procurar lograr la independencia frente a su legítima.

No es, sin embargo, el aspecto profesional el único problema del enamoradizo británico. En medio de aquellos avatares conoce a un norteamericano (Brendan Fraser) que ha llegado al país en una supuesta misión médica de ayuda para el pueblo vietnamita.

Pronto se descubre que aquello no es más que una tapadera para colaborar con un general que, formado por los franceses, ha decidido hacer la guerra por su cuenta. Esa ‘colaboración’ consiste en entregar armas y dinero al aventurero que ha prometido fidelidad a los americanos una vez que se hayan librado de los franceses.

El americano se enamora de flechazo de Pho, la novia del vetusto inglés. Creyendo quizá que la ética consiste únicamente en ser transparente (Mao, Hitler, Stalin o Castro no dejaban de ser salvajes por mucho que transmitiesen con claridad a su círculo más próximo las atrocidades por venir), comunica al otro su proceso de pasión. Comienza entonces la lucha por conquistar el favor de la que ya tiene dos pretendientes: uno de antiguo, pero más bien herrumbroso, y otro joven y apuesto.

El espía tiene claro que lo que le importan son los fines, y está dispuesto a emplear cualquier medio para lograr sus objetivos. Resulta interesante que esa cómoda actitud sea la adoptada tanto por los capitalistas liberales como por los comunistas. Este talante llega incluso a sus relaciones afectivas: Pho es sólo un instrumento más para alcanzar las cimas a las que aspira.

La vietnamita no entiende de matices. Que un muchacho parezca enamorado de ella introduce el morbo en su existencia: desea sustituir su rutinaria vida con el anciano por uno lozano. Para retenerla, el reportero inventa una carta de su esposa en la que ésta le concedería el divorcio.

El truco da impresión de que funciona, pero sólo hasta que se descubre la mentira. En esas circunstancias, Pho, y sobre todo su hermana, se enfadan notablemente con el trapacero. Y es que quien afirma cosas que no son verdad quiebran la confianza en el presente y para el futuro.

El británico es un cínico, para quien la verdad o la mentira en la elaboración de sus noticias, no tiene ningún valor. Él ya pasó de la época del ‘yo, yo’, y quizá también del ‘yo, ya’. Ahora parecería más bien encontrarse en la del ‘ya, ya’. Sin embargo, a la hora de hablar de afectos es diferente. Él sí quiere a Pho. Muchas veces le asegura: ‘no te voy a dejar’. Y es que el amor tiende a la permanencia. No es verdadero aquel que pone límites temporales.

En el largometraje van planteándose de forma constante los múltiples modos en que puede ser contemplada una misma realidad. Parecería que el guionista hubiese leído La mujer justa, de Sandor Marai. En realidad, resulta pretencioso afirmar que alguien tiene la capacidad de juzgar con absoluta imparcialidad y seguridad que determinado modo de ver el mundo es el correcto.

En este remake de la película que hiciera Mankiewicz en 1958 (de homónimo título y basándose en la novela de Graham Greene), hay algunos aspectos poco realistas. Por ejemplo, en ninguna de las escenas aparecen sudando. Quien haya estado en el país asiático sabrá que eso es inviable.

Quizá lo más interesante del largometraje sea el análisis de las acciones de doble efecto. El americano acaba muriendo tras una celada en la que el británico ha colaborado. Para que lo haga, le aseguran que él nada tendrá que ver salvo citarle en el lugar adecuado en el momento oportuno.

Sin embargo, cualquiera que sepa algo de ética juzga acertadamente que, aunque uno no dispare el arma, tiene culpabilidad en un asesinato si es quien ha proporcionado al arma y señalado a la víctima. Para que una acción pueda ser aceptable éticamente nunca puede quererse el mal directamente. Y cuando el mal se produzca ha de ser siempre porque el bien era anterior y relevante. Nada de esto se cumple, por mucho que el reportero intente ocultar su mala obra a su propia conciencia.

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