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El honor de los Prizzi

Director: John Huston

Intérpretes: Jack Nicholson, Kathleen Turner, Robert Loggia, William Hickey, Anjelica Huston, Lawrence Tierney y CCH Pounder

Año: 1985

Temas: Ambición. Dirección por amenazas. Ética y técnica. Influencia del entorno. Organizaciones y personas. Paranoias. Pensamiento grupal. Refugio afectivo.

Charley Pantana (Jack Nicholson) es un pistolero al servicio incondicional de la familia Prizzi. De pequeño realizó la ceremonia de cruce de sangre con el paterfamilias y desde entonces se le ha negado el derecho a pensar: tiene que hacer lo que otros le indiquen. Mucho más que lealtad a la causa se trata de cerrilismo. Gran distancia hay entre la fidelidad a un ideal, y la incapacidad para analizar las situaciones en las que nos encontramos. Algunas organizaciones –incluso con fines supuestamente altruistas- reclaman el mismo tipo de ilógica terquedad que le es exigido a Pantana.

Cuando falta una correcta escala de valores, algunos referentes que podrían ser correctos, se tornan perversos. Así, respetar la palabra dada se vuelve inmoral cuando es empleada para solicitar comportamientos perversos.

Pantana se enamora de una mujer que asiste a la celebración de un enlace matrimonial. Irene Walker (Kathleen Turner) vuelve loco al matón, que ya no para hasta localizarla. Ignora por el momento que Irene ha sido contratada para cometer un asesinado aprovechando que todos están reunidos y por tanto cuentan con coartada ante la policía.

El fulgurante enamoramiento lleva a que Pantana concluya abruptamente su relación con Maerose Prizzi (Anjelica Huston), hija de Don Corrado Prizzi (William Hickey), uno de los principales responsables de la familia y padrino del propio Charlie.

Ignorante aún de todos los datos, Patana recibe el encargo de ajustar las cuentas con Marcie Heller. Es el responsable de un desfalco en uno de los casinos propiedad de la Familia. Cuando ya ha concluido, descubre que su enamorada era en realidad la esposa del extinto. Además, comienza a intuir que su novia es también copartícipe en el robo.

Charlie se enfrenta a la disyuntiva de optar entre seguir el código de honor de la familia, y asesinar a Irene, o mantener su amor y por tanto perdonarle la vida. Trata de convencerla para que devuelva el dinero, pero al final sólo logra la mitad de lo hurtado. Con eso piensa apaciguar los ánimos de los capos. Obviamente, se equivoca.

Se produce entonces una interesante conversación en la que salen a relucir múltiples contradicciones, propias obviamente de una organización mafiosa, pero también de otras que aparentemente no lo son. En concreto, la falta de claridad para juzgar con objetividad se manifiesta en la insistencia de los capos mafiosos en calificar a quienes ellos mismos contrataron para asesinar como ‘ladrona y asesina’. Lo mismo que promueven contra terceros les parece condenable cuando ellos reciben los resultados de un comportamiento idéntico.

Se recurre de forma obsesiva al honor de la institución. Ese mantra parece permitir cualquier comportamiento por perverso que sea. La mafia no deja de ser la manifestación de que incluso realidades buenas –la amistad- cuando se viven sin equilibrio, sin verdadera ética, acaban por dañar a los implicados. Desafortunadamente sucede lo mismo cuando una institución se considera por encima de las personas que la componen, exigiendo comportamientos amorales, que quedan justificados por un supuesto bien común y superior.

Hitler lo decía claramente: el bien de Alemania está por encima de los intereses particulares de cualquier alemán. Lástima que eso suceda también, repito, en instituciones de servicios que aseguran que su objetivo es la defensa de la persona.

Charlie se debate en la difícil encrucijada de defender su reciente amor, con quien acaba de casarse, o los intereses de la institución a la que pertenece. Al final, opta por rendirse a ese peculiar sentido del deber que lleva a poner por delante lo colectivo, ninguneando lo individual.

Su refugio afectivo queda, pues, destruido, porque ha considerado que la pertenencia a la Familia se encuentra por encima de él. Rara vez sucede así. Aunque la película concluye en el momento en el que Charlie ha optado ciegamente por la organización, queda en el aire la duda de qué sucederá en el futuro.

La vacilación no es graciosa. De hecho, la propia Irene fue contratada por los mismos capos para que acabara con su marido. Ellos sólo esperaban recoger los frutos. Es decir, seguirán contando con quien sobreviva, sin importarles el esfuerzo o el dolor individual.

Convertir a alguien en un peón de las propias decisiones puede ser rentable durante un tiempo, pero pasado un periodo cualquiera se dará cuenta de que ha sido instrumentalizado. De ahí, la mala fama de determinadas organizaciones que no saben respetar a los individuos que se entregaron por el fin prometido.

En el caso que nos ocupa, un frío razonamiento supera el afectuoso sentimiento mutuo de los enamorados. Eso puede funcionar durante un espacio, pero más tarde casi todo el mundo es consciente de que la felicidad no procede del cumplimiento ciego de una normativa sin corazón, sino de un corazón satisfecho. De hecho, la cara de Charlie cambia magistralmente a lo largo del largometraje. Cuando se dirige a encontrarse con Irene trasluce felicidad. Cuando debe cumplir obligaciones, seriedad. Lástima que no pudiera mantener el tan deseado equilibrio entre su profesión y su vida…

 

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