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El león de invierno

Director: Anthony Harvey

Intérpretes: Katharine Hepburn, Peter O`Toole, Anthony Hopkins, Jane Merrow y Timothy Dalton.

Año: 1968

Temas: Empresa y familia. Empresa familiar. Maniqueísmo. Mundo y micromundos. Necedad y gobierno. Organizaciones y personas. Refugio afectivo. Sentido común.

 

Enrique II de Plantagenet nació el 5 de marzo de 1133. Moriría en el 1189, también en Francia. Acumuló en su vida los títulos de Rey de Francia, Duque de Normandía y Aquitania, y Conde de Anjou.  

Se le recuerda principalmente por haber inducido al asesinato de Thomas Becket, antiguo amigo y en ese momento arzobispo de Canterbury. Excomulgado por su acción, el abad de Mont Saint Michel, Roberto de Torigny, logró que la Iglesia le perdonase a cambio de una peregrinación a la tumba del finado y también de un donativo para las tropas destacadas en Palestina, pues con la Segunda Cruzada aún reciente, las cosas no estaban fáciles en aquellos lares.

Enrique II se había comprometido a encabezar una nueva, pero nunca la llevó a cabo. Tampoco cuando personalmente se la solicitó el patriarca de Jerusalén, Heraclio, en 1184. La oferta incluía la corona del reino de Jerusalén

Es precisamente un año antes de esa visita donde se encuadra el largometraje El león de invierno. Vagamente inspirada en hechos reales, encontramos en el Castillo de Chinon (Arlés, Francia), a Enrique II (Peter O’Toole). El monarca convoca a su esposa –la confinada Leonor de Aquitania (Katharine Hepburn)-, y a los tres vástagos de ambos (Ricardo, Geofredo y Juan). También se encuentran allí su amante Alais (Jane Merrow) y Felipe II de Francia (Timothy Dalton), un niñato, hermanastro de Alais.

Enrique II desea decidir quién será definitivamente su heredero, una vez que ha fallecido Henry Plantagenet, el joven, que iba a ocupar el puesto. Los tres hermanos aspiran a la corona. La galería de personajes es rápidamente presentada: Ricardo (Anthony Hopkins), de 25, es mostrado como iracundo, insaciable y perspicaz. Geofredo, de 20, es manipulador y truhán. Juan, de 16, preferido del padre, lerdo.

Leonor de Aquitania es testigo de la lucha de todos contra todos. La única cosa que les une es que todos aspiran al poder. Los ataques verbales son constantes:

-Si tú eres príncipe, hay esperanza para los simios de África.

Y poco después:

Amas a los más fuertes que tú. Por eso quieres a todo el mundo.

En el enfrentamiento entre Enrique II y el rey francés no se andan con chiquitas. Ante la afirmación de Enrique de que es más poderoso, el otro le responde:

-Tengo mucho tiempo y tú no.

La obsesión por el poder marca la relación familiar. Se encuentran en la película buenas muestras de colisión entre la lógica familiar y la lógica empresarial.

La lógica de la familia es la del afecto, la del ser y la de la gestión del fracaso. La lógica de la empresa es la de la rentabilidad, la del estar y la de la gestión del triunfo. Bien podemos observarlo en las relaciones entre los hermanos, pero sobre todo entre Enrique II y Leonor de Aquitania. Discuten sobre los objetivos crematísticos y de poder, pero están de acuerdo en que se quieren. Y eso a pesar de que Enrique II no se ha recatado en llevar a su concubina, la hermanastra del francés.

Enrique II, buena muestra de la esquizofrenia en la que viven muchos llegó, en el año 1188, a imponer el «diezmo de saladino» para sufragar la nueva cruzada, a la que él estaba convocado por el Papa, pero nunca acudió. El motivo en este caso era urgente: Jerusalén había caído en manos de los musulmanes, por las absurdas decisiones tomadas por el rey de Jerusalén, tras los desmanes cometidos por quien fue probablemente el peor de los veinticuatro Grandes Maestres que tuvo el temple: Gerardo de Ridefort.

Como prácticamente nada es blanco o negro, la decisión de patrocinar aquella nueva aventura en pro de la extensión de la religión fue criticada dentro de las mismas filas que deberían quizá haberle aplaudido. Así, el clérigo Geraldo de Gales proclamó que la muerte de Enrique II era castigo del cielo por la imposición del diezmo.

Elegir a un sucesor, o en términos generales a un directivo, no es sencillo afán. La gran tentación, en la que al parecer cayó el propio Enrique II, es seleccionar a un mediocre, alguien a quien uno piense que podrá manejar. De ese modo, posicionando a alguien de medio pelo se puede pensar que los títeres se moverán allí donde lo desee quien los manipula.

Con el paso del tiempo se acaba por verificar que rara vez las medianías aceptan que ésa sea su posición, y se independizan de quien fuera su protector. De hecho, buena parte de la película se basa en el goce del monarca en contemplar cómo los muchachos se esfuerzan por lograr la corona. Aunque él tenga decidido que será Juan, desea verles esforzarse en lo físico y en lo intelectual.  A lo largo del combate fraternal que él ha provocado, el rey zahiere a los muchachos y a su legítima. Pero allí, como en cualquier entorno, nadie recibe sin dar. Así, el rey es objeto de ataques verbales centrados en sus puntos débiles. Muy en concreto: el recuerdo de otra antigua amante, Rosamunda Clifford, y su contribución al asesinato de Thomas Becket.

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