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Título: El mejor hombre.

Director: Franklyn J. Schaffner

Intérpretes: Henry Fonda, Cliff Robertson, Edie Adams, Margaret Leighton, Shelley Berman, Lee Tracy

Año: 1964

Temas: Brain Scape. Gestión de lo imperfecto. Ilusiones y esperanzas. Realidad y ficción. Sentido de la realidad.

Se acercan las elecciones primarias para designar a quién seguirá en la batalla para nuevo presidente de Estados Unidos. Casi nada es lo que parece. Una es la imagen que se vende al exterior; otra, muy diferente, la que se presenta dentro de la propia estructura del partido. A pesar del más de medio siglo que han transcurrido desde que se rodó el largometraje, su actualidad resulta en algunos momentos espeluznante.

La cinta, todo hay que decirlo, no fue proyectada en España, porque en aquellos años no era la democracia el sistema que imperaba en este país. La película narra con maestría unos hechos en los que se enfrentan las extraordinarias actuaciones de Henry Fonda, Cliff Robertson y Lee Tracy. Por mucho que algunos deseen limitar el área de influencia a los propios Estados Unidos, creo que hay claves –como casi siempre sucede al hablar del hombre- que pueden ser aplicables a otras épocas y lugares. Empiezo por la cruda afirmación que se realiza de uno de los personajes:

-Tiene todo el carácter de un perro, excepto la lealtad.

Uno de los temas que entrevera la narración es la discusión sobre la función de medios y fines. De un lado, se plantea la política como supuesto servicio a los ciudadanos, pero por otro son los intereses personales, con una ambición descabellada, lo que parece mover a los personajes.

El presidente saliente desea -¡cuántas veces en la historia!- dejar a quien él designe. Es decir, prefiere la democracia dirigida, porque en el fondo piensa que será mejor que él determine quién le sucederá. Y eso que a poco puede aspirar, porque él está enfermo de cáncer y pronto dejará este mundo. Mundo, por cierto, que le ha tornado descreído y cínico. Entre sus afirmaciones:

-Al final, sólo seremos polvo. Y el polvo no es malo ni es bueno, no es nada.

¡Qué arduo debe ser vivir de ese modo!

Con la excusa de alcanzar el poder que –aseguran- se empleará en servicio de los ciudadanos, la lucha se torna feroz. Todo vale con tal de desprestigiar al contrario y salir victorioso. Así, uno comienza a manejar expedientes comprometedores de aquel a quien aspira a batir.

La ética se convierte en palabra que se emplea, pero no en ese conjunto de verdades que facilitan el camino hacia la felicidad cuando son asimiladas en una vida honorable y esforzada. Aquí, para uno de los candidatos, todo vale con tal de llegar al poder. El otro, por el contrario, trata de mostrar una cara más humana, en la que la decencia sigue teniendo sentido.

La lucha por el poder es descarnada, cruel, insidiosa. Cuando un candidato afirma que él desea llegar al mando para ayudar a los otros, le responde el cínico presidente aún en ejercicio:

-El poder es un arma para los fuertes, no un juguete.

La visión de la política resulta, sin duda, demoledora. Desafortunadamente, los múltiples casos que se conocen en tantas partes del mundo, y en tantas épocas, parecerían dar la razón a la película. Quiero pensar que además de personas sin escrúpulos, otros sienten en su carne el espíritu de servicio, sin pretensiones de aprovecharse de un cargo para medrar de forma injustificada y torticera.

Las mujeres, que son contempladas inicialmente como colaboradoras necesarias o al menos convenientes de algunas de las actitudes rastreras de sus maridos, van mejorando con el paso del tiempo. De hecho, la esposa del perdedor, con quien se mantenía desde hacía tiempo por mera conveniencia (el puritanismo tan propio de EE.UU.), decide –en vista de su honradez a la hora de afrontar las decisiones difíciles- seguir adelante con su vida en pareja en vez de dejarle abandonado… Y es que la ética, aunque no esté de moda vivirla, tiene un poder de atracción notable.

En el fondo, la película transmite esa necesidad que un político tiene de estar cada día comprando su puesto de trabajo a base de los votos de sus conciudadanos. Por eso, en la antigua Roma se procuraba que quienes aspirasen a funciones políticas contasen suficiente patrimonio como para no sentir la tentación de lograr su reposicionamiento económico a costa de los ciudadanos a los que iba a gobernar. No siempre se lograba, pero era más frecuente que hubiera honradez que cuando un político carece de alternativas válidas el día que abandone el puesto.

La grandeza y la vileza habitan en el corazón del hombre. Es el propósito esforzado de cada uno el que logrará que sea una u otra tendencia la que salga a la superficie. Limitarse a contemplar lo que sucede es poco retador. Llegar a ser alguien –y no algo- reclama un serio desafío diario para no dejarse llevar de lugares comunes. Si esto es importante en cualquier actividad, con mucho mayor motivo en el de quienes se dedican a la actividad política.

El empleo de la gente como meros instrumentos del propio ensalzamiento resulta lúgubre. Afirmar que sólo hay medios y que no existen en realidad fines –tal como se manifiesta reiteradamente- es negar el modo adecuado en que las personas deberían actuar, siempre que desean ser honradas.

Importante enseñanza es la del expresidente (ahora, sí) cuando afirma que lo peor no es decir mentiras, sino creerse las propias quimeras. Esto suele ser bastante habitual en personajes de la vida pública. Mucho más que en aquellos que no deben estar todo el día –como dicen en Italia- facendo la bella figura.

El largometraje, además de ideas sugerentes, cuenta con una excepcional fotografía en blanco y negro. El mismo director que se lució con El planeta de los simios, conjuga su rodaje con escenas de época y logra un realismo en las multitudes –en concreto en los mítines- que resulta magistral.

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