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Director:   Bruce Beresford

Intérpretes: Bruce Greenwood (Ben Stevenson), Kyle MacLachlan (Charles Foster), Joan Chen (Niang), Chi Cao (Li Cunxin – como adulto), Amanda Schull (Elizabeth Mackey), Shuangbao Wang (Dia), Chengwu Guo (Li Cunxin), Aden Young (Dilworth)

Año: 2010

Temas: Carisma. Dictadura y democracia. Gestión del cambio. Masa crítica. Organizaciones y personas. Pensamiento grupal. Refugio afectivo. Sentido común y comunismo.

 

Con poco más de una década de vida, Li Cunxin es enviado a Pekín. A instancias de su maestra, funcionarios chinos lo eligen, porque consideran que puede llegar a ser un gran bailarín. El comienzo es descriptivo de a dónde conducen los regímenes comunistas: un interés desproporcionado por el colectivo a base de destruir la individualidad.

En la capital del imperio chino, la joven promesa se esfuerza sin medida. Se somete, animado por un buen maestro y por otro ideológicamente obseso, a un entrenamiento radical que le lleva a convertirse en uno de los mejores danzarines del planeta. Se verifica una vez más que por muchas cualidades que una persona tenga, es imprescindible contar con el impulso adecuado de un coach y también con fuerza de voluntad.  

La incomprensible e irracional superioridad moral de la izquierda está presente en las conversaciones entre los funcionarios chinos. Resulta ilustrativo el empeño por convencer de los males ajenos, en este caso de la cultura occidental. Permitir la libertad sería un riesgo que quien desea adoctrinar a otros (o a quienes aspira a convertir en suyos) no puede permitirse.

Como bien explicaba Goebbels, y refleja tanto el modo de actuar de comunistas como de nacionalsocialistas, y de otras ideologías, tras repetir innumerables veces la misma canción, muchos pueden llegar a pensar que no existe otro modo de plantearse la existencia del mundo que como ha sido reiterado hasta la saciedad.

La llegada de Li a Estados Unidos es seguida de cerca por los funcionarios del régimen, que, en vez de permitirle juzgar, le machacan una y otra vez la imperiosa necesidad de creer, incluso hasta el absurdo, en las ventajas de su estilo de vida. Él, sin poner por el momento en duda la curiosa insistencia en que lo mejor es ser comunista, actúa como tal. Todo comienza a desmoronarse cuando abre los ojos al entorno y descubre que las prevenciones de los burócratas son ojeras para los incautos.

Por si fuera poco, estalla el corazón de Li en amor hacia una muchacha norteamericana, aspirante a bailarina. La suma de enamoramiento con la aspiración a la libertad, conducen a Li a la decisión de desertar de un maoísmo cuyo mejor departamento es el de marketing…

La lucha por la libertad no es sencilla, porque los chinos están demasiado empeñados en convencerle de la bondad de retornar a esa gran cárcel en que inexorablemente se han convertido los países en los que el comunismo ha alcanzado el poder. Curiosamente, casi siempre, quienes han llegado a las alturas procuran escamotear las exigencias que tan apasionadamente imponen a los seguidores. Los más cándidos deberían averiguar cómo vivían las élites comunistas y como lo hacen quienes siguen refugiándose tras esa ideología… En cualquier país del mundo existen casos sangrantes de autoproclamados marxistas viviendo mejor que marqueses.

Tras casi un día entero de secuestro, y únicamente porque el caso está generando polémica en la opinión pública, Li retorna a la calle desde la cancillería china en la que ha sido retenido.

Lo que comenzó siendo un enamoramiento tan platónico como interesado (el matrimonio con una norteamericana es un modo por el que los Estados Unidos iban a defender su derecho a quedarse en el país) acaba saltando por los aires ante la realidad de que una vida en pareja reclama renuncia. De un lado, Li aparece como un profesional centrado en su trabajo. Por otra, la frustrada bailarina sólo piensa en su propio futuro. Convivir es ceder. Cuando no se vive así, se acaba por romper peras.

Pronto aparece un nuevo complemento afectivo en la vida de Li. Y es que por mucho que alguien triunfe en lo profesional, resulta imprescindible contar con alguien con quien compartir. En este caso será una australiana. Se acabará cumpliendo que ella impone el lugar de residencia. Al cabo, los dos se instalarán en ese Continente.

La familia del triunfador, en una época anterior, hubiera padecido las duras consecuencias de estar emparentada con el desertor. En este caso, a causa del desmoronamiento de la tiranía maoísta, acaban sobreviviendo a aquellos sucesos. Es más, Li va convirtiéndose en uno de los héroes chinos más renombrados.

Entre las múltiples enseñanzas que se arraciman destaca la presencia de la responsable de la censura teatral que acaba convirtiendo el baile clásico en un elemento más de adoctrinamiento. Cuando se olvida que el arte, el cine, el teatro, la pintura o la literatura, tiene un sentido en sí mismo, se pervierte.

Ojalá la visualización de a dónde conducen las estructuras que no tienen por fin al ser humano, sino a sí mismas, animase a no repetir experimentos que han condenado a la pobreza y también en muchos casos a la muerte a millones de seres humanos. Se echa en falta, en fin, una crítica sobre la cultura norteamericana. Presentar de forma maniquea el comunismo y el liberalismo puede ser un recurso narrativo, pero resulta simplista.

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