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Título: Good

Director: Vicente Amorim

Intérpretes: Viggo Mortensen, Jason Isaacs, Mark Strong, Gemma Jones, Jodie Whittaker y Charlie Condou

Año: 2009

Temas: Ambición. Cobardía y heroísmo. Estrategias emergentes y deliberadas. Ética y técnica. Grandeza y miseria de los directivos. Influencia del entorno.

 

Un profesor universitario, John Halder (Viggo Mortensen), vive una existencia complicada notablemente por las enfermedades físicas y psiquiátricas de diversos parientes, empezando por su propia esposa. Quizá como modo de escapar de sus coordenadas vitales, escribe una novela en la que propone que los seres con enfermedades incurables deberían ser eliminados. El argumento gusta a los responsables nazis de la Solución final (o con términos menos eufemísticos, del asesinato indiscriminado de judíos, pero también de cualquier colectivo que no satisficiera a aquel grupo de criminales de la cruz esvástica), que lo convocan para que les apoye con su propaganda.

 

El profesor vive en un mundo complejo, superado por las circunstancias, sin unas convicciones éticas sólidas que le permitan echar raíces. Parece más bien un personaje de aquellos que pululaban por el vestíbulo del Infierno de Dante, sin saber bien a qué atenerse. Cuando se levantaba una banderola todos corrían hacia allí, sólo hasta el momento en que otra se agitaba en otro extremo de aquella gran antesala. ¡Cuántas veces parece que se repite la escena en el mundo contemporáneo y en el que ya no lo es! En la Alemania nazi, por lo demás, circulaba la siguiente chanza (que sigue siendo actual en otros regímenes y también en muchas organizaciones no políticas):

-¿Por qué sería bueno sustituir las veletas por políticos?

-Porque éstos giran mucho más rápidamente en función de hacia dónde sople el viento…

 

Quien era amigo de sus amigos, entre los que se contaban algunos judíos, se va viendo involucrado en aquella gran máquina de matar que fue el nacional socialismo. En aquella maquinaria infame –comparable con la perversa actividad de los comunistas en la misma época- resultaba difícil estar al margen, salvo que alguien tuviese madera de héroe.

 

La Noche de los cristales rotos tomó como excusa el asesinato de un diplomático alemán de tercera fila en la embajada de París, Ernst von Rath, por parte de Herschel Grynszpan, un judío alemán. Actuó para vengar a sus padres, cruelmente deportados a la frontera germano polaca. El motivo era lo de menos. Lo relevante es que muchos subalternos nazis vieron la oportunidad de ofrecer en el altar del sacrificio a innumerables víctimas propiciatorias, la mayor parte de ellas, de origen semita.

 

La presunta ceguera moral del profesor es sólo comparable a la que sufrieron millones de compatriotas suyos en aquellos años. Lo único importante era su objetivo: llegar a ser alguien, situarse en la escala social. Poco a poco, forzando progresivamente la escala de valores, se torna uno más de aquel inmenso grupo de personas que contribuyó a uno de los genocidios más atroces de la historia. Así, acaba vistiendo el uniforme de los nazis, con la esperanza de que eso le facilitará despegar en su trayectoria profesional.

 

Muchas veces se habló entonces del chofer loco para referirse al Führer. Pero él sólo pudo actuar, porque los pasajeros de aquel tren –fuese por convicción o por miedo- se plegaron. A decir de los estudiosos del régimen nazi, Hitler, por ejemplo, nunca dio órdenes concretas sobre el modo de expoliar a los países. Le bastaba afirmar: “es bueno lo que beneficia a los alemanes”. Así el banco del Reich, encargado de los robos en toda Europa llevaba el título honorífico de “empresa nacionalsocialista modelo”.

 

También aquí se encuentra una enseñanza sobre el marketing que el socialismo comunista ha sabido diseñar frente al social nacionalismo. Mientras sobre este último las culpas han recaído siempre sobre la cúpula, como si todos los males fueran ejecutados por unos pocos; en el primer caso, hasta en el propio funeral de Stalin se le siguió llamando el padrecito, como si los crímenes cometidos por sus secuaces habrían sido impedidos de haber llegado a sus oídos…

 

Así escribió el general Halder, en su diario, sobre Stalin y Hitler: “han dejado de tener nada en común con los principios de la estrategia, son producto de una naturaleza violenta que sigue sus momentáneos impulsos que no reconocen límites a las posibilidades y que convierten sus ensoñaciones en el padre de sus hechos”. Para que esto sucediese, tuvo que haber muchos cómplices. El protagonista de Good fue uno de ellos.

 

El régimen nazi, como todos los sistemas opresivos de una u otra tendencia, puso gran atención a la ‘liturgia’. Las manifestaciones estaban diseñadas para mostrar la potencia y consistencia de aquel movimiento que estaba llamado a durar mil años, y que se disolvió como una abominable mancha negra en el mar de los fracasos.

 

Lenta en su desarrollo, la adaptación de la obra de teatro de la que procede -que fue escrita en 1981- es mejorable. Con todo, sirve para hacer reflexionar sobre la causa de las propias decisiones, que nunca son inocuas.

 

Sobre el régimen en el que se desarrolló la vida de John Halder, bien pueden aplicarse las palabras de Horacio en sus Odas: Vis consili expers mole ruit sua: la fuerza sin inteligencia cae por su propio peso. ¡Lástima que se llevase por delante a millones de inocentes de toda religión y condición!

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