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Resultado de imagen de katyn películaCon perversa planificación, veintiún mil ochocientos cincuenta y siete oficiales polacos fueron asesinados por los bolcheviques con un tiro en la nuca. Pocos meses antes, el 1 de septiembre de 1939, la maquinaria bélica nazi había entrado en el país centroeuropeo.
Previamente, Hitler había pactado con Stalin el reparto de los despojos. Por eso, Rusia lanzó sus divisiones contra el oeste, tiempo después de que el dictador alemán hubiera cruzado la frontera.
Muchos tienden a diferenciar entre la dictadura nazi (mala) y la comunista (menos mala o incluso la califican positivamente). Sólo puede explicarse por la irracional -y carente de cualquier fundamento- superioridad moral de la izquierda, que lleva a determinados colectivos a considerar que es peor ser nazi que comunista.
Los rusos planificaron el exterminio de toda la clase directiva polaca. Como a toda dictadura, sea política o cultural, los intelectuales les resultaban molestos. Quien se atreve a proclamar que el voluntarismo acrítico no es aceptable para el ser humano tendrá sus días contados en ese tipo de estructuras inerciales.
El promotor en esta ocasión fue Beria, uno de los verdugos de Stalin. De su brutalidad se burlaban los propios soviéticos. En cierta ocasión –reza una chanza de la época-, Stalin comentó con Beria que alguien le debía haber robado la pipa, pues no la encontraba.
Al cabo de unos días, Stalin aclara a su acólito que no hay problema, porque la había descubierto debajo de un sillón.
Beria respondió:
-¡No es posible, Camarada! Ya tengo tres que han confesado haber sido ellos los ladrones.
Beria–regreso a la historia y al largometraje- propuso al cruel padrecitode los soviéticos que acabase con aquellos miles de cualificados profesionales. La carta está firmada el 15 de marzo de 1940, y fue clasificada como secreta. Se ordenaba a la policía estatal (la NKVD) que realizase juicios sumarios, sin presencia de los acusados y sin acta ninguna. Se trataba de simular legalidad para que luego “se les aplique el castigo supremo: la pena de muerte por fusilamiento”. Ni Hitler lo hubiera hecho mejor. Salvo en el detalle de que difícilmente el nazi hubiera dejado constancia por escrito de su orden. Como bien señala Alvaro Lozano en sus documentados trabajos sobre la Alemania nazi, el cabo austriaco impartía la práctica totalidad de sus órdenes de forma oral, para que no quedasen pruebas. Otros países y gobernantes han seguido los mismos pasos, y así han soslayado muchos la cárcel.
Apenas cuatrocientos cuarenta polacos se salvaron de la masacre perpetrada por los soviéticos. Se incorporarían en el exilio al ejército dirigido por el general Anders. Los soviéticos, como todo régimen dictatorial, intentaron ocultar sus maldades. Al principio, negando que ellos supieran nada. Posteriormente, acusaron a los nazis de haber sido ellos los asesinos. Los germanos, tras la invasión de la Unión Soviética el 22 de junio del 41, señalaron los tres lugares donde habían sido exterminados los prisioneros.
Como eran tal para cual, Goebbels empleó el macabro descubrimiento para tratar de acallar las voces que se levantaban, también dentro de Alemania, contra las salvajadas cometidas por los germanos. Los soviéticos negaron la evidencia. Es más, llegaron a condenar a todo aquel que conviniese con la verdad. ¡Cuántas veces –repito- sucede lo mismo!: el más peligroso es el que piensa con libertad. Muchos sistemas organizativos sólo admiten gente mediocre, porque quien proponga novedades será inmediatamente juzgado como esquivo y peligroso para un sistema rutinario.
Katyn es la otra cara de la moneda de Auschwitz. Sólo puede sorprender a quienes ignoran los fundamentos intelectuales de los dos movimientos voluntaristas que asolaron Europa durante décadas. Gracias a Dios, el nazismo sólo duró una década y media. El comunismo se prolongó en el tiempo, y aún hoy en día algunos países siguen sufriendo ese demencial sistema de gobierno que, sin embargo, logra mantener buena prensa incluso ante quienes deberían mostrar más sentido común y ecuanimidad.
El largometraje está narrado desde el corazón, porque el propio padre del director fue uno de los asesinados por los soviéticos.
El ambiente que se respira en la película, sin obviar el dramatismo de las circunstancias, es de relativa tranquilidad. Se vive la lealtad, la ayuda mutua, la fidelidad a una bandera y a una fe. Todo eso hace que la mayor parte afronten su destino con una paz ejemplar.
Wajda ha realizado una obra de arte, en la que combina un rigor histórico envidiable con la sobriedad narrativa. Ofrece una magistral clase, toda una lección de a dónde conduce el fanatismo y el sectarismo, más aún cuando está empapado de imperialismo y de nacionalismo excluyente.  
El guión resulta magistral, quizá de forma especial en el último tramo de la película, que traslada al espectador un sufrimiento supremo.
Es lógico que la película no agrade a todo el mundo. Particularmente a quienes se ponen una venda en los ojos y, ni siquiera después del revisionismo soviético, quieren aceptar que el zarismo fue sustituido por un sistema aún más atroz y cruel, cuya única diferencia era las invocaciones al pueblo. A quien, por cierto, se trituró desde el primer momento a favor de una nomenklaturaaún más sofisticada, caprichosa y elitista que la creada por el jerárquico e inhumano sistema zarista.

Una película, en fin, que tiene mucho de documental y que reclama –esto sí- unos ciertas nociones históricas antes de ser visto, porque da por supuestos sucesos no siempre bien conocidos. 

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