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La muchacha de la quinta avenida

Director: Gregory La Cava

Intérpretes: Ginger Rogers, James Ellison, Walter Connolly, Tim Holt, Verree Teasdale, Kathryn Adams, Franklin Pangborn

 

Año: 1939

Temas: Ambición. Masa crítica. Organizaciones y personas. Refugio afectivo. Renovación generacional. Sentido común.

 

Nominada con todo mérito a seis Oscars, la película narra un día en el que Timothy Borden (Walter Connolly), tras una agotadora jornada llega a su casa, para verificar que es una gran mansión, pero en nada se parece a un hogar.

 

El día de su cumpleaños, él esperaba algo de ternura, pero su esposa Martha (Verree Teasdale) se encuentra con un playboy, y su vástago Tim (Tim Holt) ha dejado su trabajo para participar en una competición de polo. La hija, Katherine (Kathryn Adams) se ha ido de copas.

 

Molesto con la situación, se dirige a Central Park. Allí conoce a Mary Grey (Ginger Rogers), una cría optimista y feliz, sin trabajo, dinero, o lugar en el que alojarse. Con ella celebrará una cena de aniversario en un lujoso restaurante.

 

El empresario, presidente de una sociedad valorada en diez millones de dólares, la Amalgamated Pump Inc., y propietario de un descomunal patrimonio, decide tomar medidas para recuperar el afecto perdido. Contrata, pues, a la muchacha para preocupar a sus parientes con la posibilidad de perder la herencia.

 

El guión, de Allan Scott y Gregory La Cava, aborda múltiples cuestiones fundamentales en la existencia. Una muy principal es que acumular medios económicos no puede llenar la vida de una persona, por numerosos que sean los millones. La felicidad se fundamenta en el amor, la entrega, el cariño y el apoyo mutuo, no en la reiteración de insulsas rutinas.  

 

La visión pesimista de la realidad se plasma en afirmaciones como:

 

-Nunca un cumpleaños puede ser tan bueno como el primero.

 

Borden, el patriarca, únicamente aspira al amor. Lo demás lo ha logrado, pero le falta la experiencia de ser querido sin trasfondo oculto. Es un ejemplo de la conocida expresión: pobres ricos, que no tienen más que su dinero. Él no se contenta sólo con eso, precisa algo más.

 

La aparición de la supuesta amante, que no es sino empleada a sueldo, revoluciona el palacete. Todos comienzan a intranquilizarse por el empresario. Les preocupa mucho más el aspecto crematístico que el humano, pero al menos exteriormente el comportamiento se transforma. Hasta la esposa infiel pone medios para recuperar el cariño. Entre otros, emplea el recuerdo: los felices años vividos, el nacimiento de los hijos… Aquellas fotografías descubren que hay algo en común que no debería ser dilapidado.

 

Cuando Mary Grey pregunta sobre el porqué no abandona todo aquello: si realmente no se siente querido, la respuesta es ambivalente. De un lado, es consciente el ricachón del escaso afecto que despierta en su hogar, pero de otro asegura que la familia es como un coche viejo al que uno se ha acostumbrado y no desea cambiarlo por algo aparentemente mejor.

 

E insiste: el enamoramiento se pasa. Luego, lo relevante es convertir aquel sentimiento en amor. Eso no es producto del sentimiento, sino que reclama un esfuerzo diario por agradar y sorprender a la persona amada. El amor no es comportamiento pasivo, demanda proactividad, anticipación, para proponerse seducir cada día a la pareja. En este sentido, la esposa da ahora ejemplo informándose sobre los gustos del marido, y esforzándose por preparar aquellos alimentos que antes tanto le agradaban. Y es que –como se ha repetido en innumerables ocasiones- a los hombres se les gana por diversos órganos, y uno de ellos –no el menos importante- es el estómago.

 

La hija va buscando el amor, y al final lo encuentra en el chofer. La reacción de la madre es contraria, pero como el afecto parece verdadero acaba superando los obstáculos: no sólo los maternales, sino también de distancia de clases. Por otra parte, y como el final feliz era preciso, el ricachón vuelve a los brazos de su arrepentida esposa. Sin embargo, Mary ha enamorado al hijo, que en un acto de pasión se la lleva hacia casa. En el fondo, el cuento de la Cenicienta.

 

La inicial escena en el parque es un canto al borreguismo. Cuando el adinerado se queda contemplando un árbol, durante un buen rato la gente se acumulará para hacer lo mismo, sin entender ninguno qué está sucediendo.


La banda sonora, de Russell Bennett, es alegre y festiva: un canto a la fuerza del amor. Al igual que todo el largometraje. Se trata, en fin, de una de esas películas que merece la pena ver, porque vuelve a profundizar en el verdadero sentido de la vida, del trabajo y apunta también al valor de la familia. Como bien dijera Aristóteles, sólo pueden vivir sin afecto los que son más que hombres (dioses de su mitología) o menos que hombres (animales). Las personas, por el contrario, precisamos contar con un refugio afectivo que calme nuestra necesidad de dar y recibir cariño.

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